En Choroní descubrí…

Que la verdadera fiesta no eran los tambores, sino la facilidad con la que un desconocido terminaba sintiéndose como en casa.

Hay destinos que se recuerdan por un monumento. Otros, por un paisaje. Pero hay lugares que permanecen en la memoria por la forma en que hacen que las personas se encuentren.

Para llegar a Choroní hay que atravesar el Parque Nacional Henri Pittier, el primer parque nacional de Venezuela. La carretera serpentea entre montañas cubiertas por una exuberante selva tropical, cruzando uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del país y uno de los mejores lugares para la observación de aves, con más de 500 especies registradas, muchas de ellas migratorias.

El viaje ya merece la pena por sí solo.

Poco a poco, la montaña da paso al azul intenso del mar Caribe y aparece Choroní, un pequeño pueblo costero donde el tiempo parece transcurrir más despacio y donde la naturaleza y la cultura conviven en perfecta armonía.

Pero cuando pienso en Choroní, no recuerdo primero sus playas ni la belleza de sus paisajes.

Lo primero que vuelve a mi memoria es la gente.

Recuerdo llegar al malecón cuando comenzaba a caer la tarde. La brisa del Caribe hacía más agradable el ambiente, las conversaciones llenaban las calles y, entre amigos y visitantes, comenzaban a aparecer las primeras guarapitas, una bebida tradicional elaborada con frutas naturales y licor que suele acompañar las reuniones y celebraciones venezolanas.

Todo parecía transcurrir con tranquilidad.

Hasta que, casi sin darte cuenta, la plaza cobraba vida. Los tambores comenzaban a sonar y, con ellos, parecía despertarse el alma de Choroní.

Y entonces ocurría algo que siempre me ha parecido extraordinario.

Los tambores no eran el centro de la noche.

Eran el motivo por el que las personas empezaban a acercarse unas a otras.

Había algo muy especial en aquel ambiente. Personas que no se conocían terminaban riendo juntas. Viajeros que acababan de llegar compartían un baile con vecinos del pueblo. Alguien siempre encontraba la manera de invitarte a participar, aunque no supieras seguir el ritmo.

Y creo que por algo al venezolano se le conoce por hacer una fiesta donde sea.

Nos gusta reunirnos.

Nos gusta compartir.

Nos gusta celebrar la vida.

Pero, sobre todo, nos gusta que quien llega se sienta bienvenido.

En Choroní entendí que la hospitalidad no siempre se demuestra con grandes gestos.

A veces basta con una sonrisa.

Con una conversación espontánea.

Con compartir una guarapita.

O con tenderle la mano a alguien que no conoces para invitarlo a bailar.

Recuerdo mirar alrededor y pensar que era increíble cómo, en cuestión de minutos, personas que nunca se habían visto antes parecían amigos de toda la vida.

Y eso, para mí, resume una parte muy bonita de Venezuela.

La capacidad de hacer que un desconocido deje de sentirse extraño.

Porque viajar no consiste únicamente en conocer playas espectaculares o paisajes impresionantes.

También consiste en descubrir la esencia de un lugar a través de su gente.

Los paisajes se fotografían.

Las experiencias se recuerdan.

Pero son las personas las que hacen que un destino permanezca para siempre en el corazón.

Con el paso de los años entendí que eso era lo que realmente me hacía volver una y otra vez a Choroní.

No eran solamente sus playas.

Ni sus montañas.

Ni siquiera sus tambores.

Era esa sensación de pertenecer, aunque solo fuera por una noche.

Porque hay destinos que visitas.

Y hay destinos que consiguen que te sientas parte de ellos desde el primer momento.

Para mí, Choroní es uno de esos lugares.

Y si algún día decides viajar a Venezuela, deseo que tengas la oportunidad de vivir una noche como esa.

Quizás llegues pensando que vas a escuchar tambores.

Pero te marcharás recordando algo mucho más valioso.

La forma en que un pequeño pueblo consiguió que personas completamente desconocidas compartieran un baile, una conversación y una sonrisa como si se conocieran desde siempre.

Porque eso también es viajar.

Y eso, para mí, siempre será Venezuela.

«Quizás el mejor recuerdo que puedas llevarte de un viaje no sea una fotografía, sino la sensación de haber encontrado un lugar donde, sin conocer a nadie, te hicieron sentir como en casa.»