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El sonido que aprendí a extrañar – Caracas-Venezuela

Viví en Caracas y todavía tengo mi casa allí, frente a una montaña que forma parte de la vida de todos los caraqueños: El Ávila, hoy Parque Nacional Waraira Repano.

Recuerdo despertarme por las mañanas con el sonido de las guacamayas.

Para mí, en aquel entonces, era algo completamente normal.

Un día más.

Abrir los ojos, escuchar sus sonidos, mirar hacia la montaña y comenzar la rutina.

Nunca pensé demasiado en ello. No me preguntaba qué afortunada era. Simplemente formaba parte de mi vida.

Hasta que un día te vas de tu hogar.

Y es entonces cuando empiezas a entender que aquellas cosas que considerabas normales eran, en realidad, pequeños privilegios.

Hoy, cuando pienso en Caracas, recuerdo aquellos sonidos.

Las guacamayas volando.

La montaña frente a mi ventana.

La sensación de despertar en medio de la naturaleza, aunque estuviera viviendo en una gran ciudad.

Y pienso que quizás por eso Caracas ha sido descrita tantas veces como una especie de «selva de concreto»: una ciudad que, a pesar de su tamaño y de su ritmo, tiene la naturaleza presente de una manera que sorprende.

Para mí era mi día a día.

Pero pienso en alguien que llega desde otro país y se despierta en Caracas viendo una montaña inmensa desde la ventana, escuchando las guacamayas y descubriendo que, en medio de una ciudad, la naturaleza sigue estando tan cerca.

Y entonces entiendo que aquello que yo veía como cotidiano puede ser extraordinario para alguien que viene de fuera.

Quizás por eso, cuando pienso en Venezuela, siempre tengo ganas de llevar a otras personas a conocerla.

De enseñarles que mi país es mucho más que lo que aparece en los titulares.

Que Venezuela también es naturaleza.

Es montaña.

Es mar.

Es selva.

Es desierto.

Es música.

Es gente.

Es sabores.

Es una diversidad de paisajes y experiencias que muchas veces no alcanzamos a imaginar hasta que tenemos la oportunidad de vivirlas.

Y quizá esa sea una de las razones por las que me gusta tanto viajar y compartir viajes.

Porque cuando conoces un destino de verdad, descubres que ningún lugar puede resumirse en una noticia, en una fotografía o en un titular.

Hay que vivirlo.

Hay que caminarlo.

Hay que escucharlo.

Hay que sentirlo.

Y yo, que tuve la suerte de crecer con una montaña en mi ventana y con el sonido de las guacamayas como despertador, hoy añoro aquellos días.

Pero también tengo una ilusión:

Que algún día, alguien que nunca ha estado en Venezuela pueda despertar allí, mirar hacia El Ávila, escuchar el sonido de las guacamayas y pensar:

«Ahora entiendo por qué quería conocer este lugar.»

Porque Venezuela tiene mucho que contar.

Y quizás solo necesitamos que más personas se animen a escucharla.

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